Esta vez el afortunado de la colección ha sido «Matar un bar», libro que atrapó mi curiosidad al ojearlo en Letras Corsarias, una de las librerías de cabecera en Salamanca (la otra es La Latina). En este, el autor toma los bares como eje central del ensayo. Está compuesto por capítulos de lo más variopintos: igual que en uno te cuenta cómo hacer un bikini digno de servir en un bar, te cuenta cómo son las condiciones laborales de los camareros, o cómo han cambiado los bares a lo largo de las décadas.
Este libro me ha devuelto a la memoria cómo eran los bares antes de que todos se convirtiesen en bakerys, delicattesen... Recuerdo cuando iba a las tabernas y había servilletas de papel (de esas que no limpiaban nada) arrugadas por el suelo desperdigadas junto a cáscaras de pipas, trozos de patata frita, el camarero te atendía a gritos, había fútbol en la televisión y tenías que abrirte paso en una marea de gente aglomerada en la barra.
No quiero caer en que antaño era mejor, porque los cambios no tienen por qué implicar per se ser algo mejor o algo peor, pero sí que me parece importante ser conscientes de que ha habido un gran cambio. Recuerdo que de pequeña había un bar grande (en el que creo que nunca llegué a entrar porque era demasiado pequeña) que fue vendido a una cadena de hamburguesas muy muy muy famosas. En su momento me alegré, pero ahora (y más después de leer este libro) soy consciente de que vamos perdiendo uno de los legados más bonitos de España, de esa España que no se puede conocer del turismo, sino que se tiene que vivir.
Era una de las cosas que le daban sentido al salir de tapas, de encontrarnos por los bares y de dejarnos conocer por los taberneros y meseros.
Lo que me ha aportado a nivel personal este libro es dejar de desconfiar de esas tabernas que a priori parecen más anticuadas y más sucias y no olvidar que precisamente esos establecimientos son los que nos han criado de pequeños.
¡Nos vemos en el próximo libro!
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